martes, 9 de octubre de 2007

Noè

A veces ella se siente como doscientos gramos de mortadela. Sí, restos de un animal fusilado por el hambre. Lo otro, es la rutina del tipo de la moto, que vuelve del trabajo por el bulevar. Que frenar cuando el charco está cerca para no mancharse el pantalón de vestir. Que mira los carteles de vía pública que anuncian de todo, menos eso. Que espera llegar a su casa para ponerse la camisa de grafa, casi sin uso. Y revisar las plantas y darle comida al conejo y pelar huevos duros esperando un pollo que frote una lámpara. Y mirar lo construido, la vida, chiquita, mínima, es todo lo que necesita.
Ella corta cebollas para llorar al Don Juan que la dejó, abierta en dos, en dos partes perfectas de dolor. Como si fuera un pan de pancho.
En el bulevar, abandonado por nuestro Dios hace mucho tiempo, un tipo empuja el auto, pedazos de un sueño de propiedad privada. Una carroza de ángeles anónimos estacionan la sed en un barco, un barco anclado en un cantero.
Un barco para ese mar que se ahogó en el asfalto.

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